El miedo es una respuesta que se desencadena ante situaciones o acontecimientos potencialmente peligrosos. Cuando el miedo se activa ante situaciones reales de peligro, tiene una función adaptativa: nos ayuda a protegernos y ponernos a salvo. Pero en ocasiones, se manifiesta de forma disfuncional: no nos ayuda, nos ocasiona importantes molestias y nos resta autonomía.
El miedo, o fobia, a volar es un temor intenso e irracional que se desencadena ante el hecho de subir al avión o, simplemente, cuando anticipamos que tendremos que hacerlo. En esos casos, experimentamos una intensa ansiedad que se manifiesta en síntomas muy desagradables, a veces insufribles: sudoración, oleadas de calor, taquicardia, sensación de ahogo o falta el aire, dolores en el pecho, malestias digestivas, temor a perder el control, pensamientos catastróficos respecto al avión y su seguridad, o a no poder escapar de esa situación, etc.
El miedo a volar en avión puede presentarse de maneras diferentes: de forma aislada y específica ante situaciones relacionadas con viajar en avión, en este caso se denomina fobia simple; otras ocasiones, el miedo a volar aparece asociado al miedo a los lugares cerrados, llamado claustrofobia; por último, puede ocurrir que el miedo a volar en avión forme parte de otros miedos con características similares, entonces hablaríamos de agorafobia, un miedo a estar en lugares o situaciones en los que puede resultar difícil o embarazoso escapar, o recibir ayuda, en caso de aparecer síntomas de ansiedad intensa, pánico, o riesgos inesperados.
La conducta más común frente a los miedos es la evitación, una solución que, por otro lado, origina muchos problemas: la perpetuación del miedo, la pérdida de autonomía y de oportunidades.